Gorrión cojo comiendo migas de pan

El gorrión cojo

Esta historia o anécdota la he vivido sin ser protagonista, solo tiene dos protagonistas: mi padre y un gorrión cojo. Son esas pequeñas anécdotas que ocurren en las poblaciones que hacen más llevadero el día a día.

Ocurrió en un frío invierno, hace al menos 16 años ya, cuando las nevadas eran seguidas de varios días de heladas que duraban las 24 horas del día. Como es lógico, cuando nieva es más difícil que las aves encuentren comida, les cuesta más sobrevivir por la falta de alimentos que por el frío.

Su vida es un incesante volar, de un árbol al semáforo, de un alero del tejado del vecino hasta el suelo agazapado y asomado desde debajo de un coche aparcado, cualquier ángulo es bueno para observar, buscar y encontrar comida.

Como pasa a los humanos, animales somos también, las aves que tienen algún problema de movilidad tienen más problemas para localizar alimentos, por eso tienen que tirar de valor y arrimarse a los humanos para conseguir comida.

Eso es lo que hizo el gorrión cojo, así le llamaban el resto de los comerciantes. Cuando llegaba Ángel Francisco a abrir su tienda, un poco más tarde que mi padre, que siempre abría hacia las 8 de la mañana, lo primero era preguntar si había aparecido ese día el gorrión cojo.

No faltaba a la cita

Es lógico que no faltara. Mi padre había comenzado a desmenuzar trozos de pan, también algún cruasán o suizo que se había quedado duro. Una vez hechos migas se las dejaba en el borde de la acera. Era entonces cuando se acercaba el gorrión desde debajo de un coche o en un vuelo vertical desde el alero del tejado para poder comer bien ese día.

Poco a poco fue ganando confianza el gorrión, se iba arrimando más. Ya le iba esperando junto a sus pies, a una distancia poco prudencial,  a que hiciese las migas para comenzar a comer el primero. Era normal que enseguida otros gorriones se sumasen al festín.

Cogió confianza

La confianza fue creciendo en el gorrión, cada vez más cerca, sin miedo ya. Estoy seguro que si en algún momento lo hubiese querido dar de comer en la mano lo habría hecho.

Si algún día mi padre tardaba en echarle de comer no dudaba en entrar dando medios saltos, sin su pata izquierda, para reclamar lo que era ya suyo por confianza y costumbre.

Desaparecen los gorriones

Quizás gracias a estos alimentos consiguió que ese gorrión sobrevivir y poder reproducirse –era hembra como vemos en la imagen– para que hubiese más ejemplares en nuestro entorno, ahora que conocemos que están desapareciendo de las ciudades, el 63% de los gorriones de Europa ha desaparecido dice un titular de la prensa actual. Una pequeña contribución.

No volvió

De repente, sin avisar, no volvió a aparecer. Nunca más se supo de él. Igual que vino a rellenar un espacio de la vida de varias personas, se marchó, quizás buscando otro comedero donde llevar un poco de ilusión a alguien.