Segundo, a la puerta de su palloza

Segundo, gallego cerrado lleno de historia

Uno de los viajes que recordamos con más cariño es aventurarnos a ver qué encontrábamos por Galicia en varia zonas que debíamos visitar. Una de ellas era en O Mazo, Ourense, donde unas semanas antes habíamos leído un reportaje en El País Semanal sobre este señor, Segundo. 

El reportaje contaba la historia de este señor que vivía en una palloza que tenía más de 2.000 años de antigüedad, siempre heredada de tradición familiar. Nos contaba, si no es difícil entender a alguien hablando en gallego, en su caso era casi imposible porque hablaba un gallego cerrado, alejado de toda influencia y modernidad exterior, es lo que tiene vivir en un retiro casi místico, ahora, cuando hicimos la foto, como único habitante de su aldea. Solo contaba con el acompañamiento de tres gallinas, una perra bastante mayor y un burro ciego.

O mazo, con dos pallozas a la derecha de la imagen
O mazo, con dos pallozas a la derecha de la imagen

En la palloza tenía lo que necesitaba: un sitio donde cobijarse, donde dormir, y también un sistema tradicional para poder cocinar en la misma lumbre central que le servía para calentar el interior de la palloza. De vez en cuando sus vecinos de aldea se pasaban a ver cómo estaba, le traían algo de comida porque el furgón del reparto no podía entrar por los caminos que llevaban hasta su casa. Salvo una temporada en la que vivió en Barcelona, de donde salió huyendo porque le asfixiaba tanta gente, tanto ruido, la televisión, la falta de tranquilidad, el resto de su vida la había hecho en esa aldea, con breves escapadas a revisiones en el hospital.

No echaba de menos nada del resto de las ciudades, tenía lo que necesitaba, sobre todo la compañía de la soledad, incluso en meses frío donde la nieve convertía el paisaje de su entorno y los lobos caminaba por fuera de su vivienda, según nos comentó.

Sus vecinos, creo recordar que él se llamaba Antonio, el nombre de su mujer no alcanzo a recordarlo, eran muy amables, enseguida nos invitaron a su casa, a la cocina antigua de hierro alimentada por leña donde estaban cocinando un pulpo, allí nos sentamos en la mesa de su hogar, nos invitaron a un vino que ellos mismo elaboraban, y a un café a Mónica, las mujeres no bebían vino según su educación tradicional un tanto anticuada.

Una bonita experiencia buscarle, escucharle, conocerle, y traernos el recuerdo.  Habrá que pasar de nuevo para cerrar esta aventura.

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